El Alzheimer es una enfermedad neurodegenerativa que provoca un deterioro progresivo de las neuronas y afecta distintas funciones mentales. Aunque su frecuencia aumenta con la edad, el especialista Hugo Valderrama remarcó que la pérdida de memoria, la desorientación o las dificultades en el lenguaje no deben considerarse consecuencias normales del envejecimiento.
“No importa la edad: con un cerebro sano no hay por qué empezar a repetir las cosas”, sostuvo el máster en Neurociencias en una entrevista realizada en el marco del Día Mundial del Alzheimer.
Cuáles son las primeras señales de alerta
El Alzheimer suele comenzar con alteraciones en la memoria a corto plazo. La persona puede repetir preguntas, olvidar conversaciones recientes o tener dificultades para retener información nueva.
Sin embargo, Valderrama aclaró que las demencias no afectan únicamente la memoria. También pueden producir cambios en el lenguaje, la orientación, la conducta y otras capacidades que la persona desarrollaba con normalidad.
“Una forma de evaluarlo como familiar es preguntarse: si esto me pasara a mí, ¿estaría preocupado? Si la respuesta es sí, hay que consultar, sin importar la edad”, explicó.
Existen diferentes tipos de demencia y los primeros síntomas dependen del área del cerebro afectada. Mientras el Alzheimer generalmente comienza con fallas en la memoria reciente, la demencia frontotemporal puede manifestarse primero mediante cambios en la conducta o dificultades en el lenguaje. También existe la demencia vascular, entre otras variantes.
El Alzheimer también puede presentarse en personas jóvenes
El especialista señaló que actualmente ya no se utiliza la expresión “demencia senil”, porque estas enfermedades no afectan exclusivamente a los adultos mayores.
“Me tocó atender a una persona de 49 años y tengo muchos pacientes de cincuenta y sesenta años. Por eso hablamos de demencias y no de senilidad”, indicó.
Todas estas enfermedades tienen en común su carácter neurodegenerativo y progresivo. Hasta el momento no existe una cura, aunque sí tratamientos destinados a disminuir los síntomas y ralentizar el avance.
Hábitos saludables y tratamientos disponibles
El abordaje comienza con la corrección de hábitos de vida. Mantener actividad física, estimular las funciones cognitivas, sostener vínculos sociales y controlar los factores de riesgo cardiovascular contribuye a proteger la salud cerebral.
Además, existen medicamentos que pueden utilizarse según la etapa de la enfermedad y los síntomas de cada paciente. Los tratamientos pueden estar dirigidos tanto al deterioro cognitivo como a las alteraciones de conducta.
Valderrama explicó que alrededor del 60% de los pacientes puede presentar irritabilidad, ansiedad, agresividad, apatía o falta de iniciativa, situaciones que suelen ser especialmente difíciles para las familias.
También mencionó los nuevos fármacos desarrollados para actuar contra la proteína beta amiloide, una sustancia que se acumula en el cerebro y daña las neuronas. Estos tratamientos todavía no son curativos, pero pueden ralentizar el avance de la enfermedad en determinados pacientes.
La sobrecarga del cuidador
El diagnóstico de Alzheimer no afecta únicamente a quien atraviesa la enfermedad. Si la familia no recibe asesoramiento adecuado, puede producirse un “efecto dominó” sobre todo el entorno.
Por eso, una vez confirmado el diagnóstico, es fundamental determinar en qué etapa se encuentra el paciente y anticipar cuáles serán sus futuras necesidades. Esto permite organizar los recursos familiares y profesionales antes de que se produzca una pérdida mayor de autonomía.
“Para asistir a una persona con demencia se necesita conocimiento, vocación y tiempo. Cuando alguna de esas tres patas falla, aparece la sobrecarga del cuidador”, explicó Valderrama.
Esta situación puede provocar cuadros de ansiedad, depresión y agotamiento físico y emocional. El impacto es particularmente fuerte en las denominadas “generaciones bisagra”: personas que deben cuidar simultáneamente a padres con pérdida de autonomía y a hijos pequeños.
“No alcanza solamente con amor”
A medida que la enfermedad avanza, las necesidades de cuidado se vuelven cada vez más complejas. En las etapas más severas pueden aparecer dificultades para caminar y alimentarse, trastornos de deglución, infecciones frecuentes y síntomas similares al Parkinson.
Por este motivo, Valderrama destacó la necesidad de contar con protocolos, acompañamiento profesional y una distribución adecuada de las responsabilidades.
“El amor tiene que estar porque se trata de un ser querido, pero no alcanza solamente con amor. Para mantener su dignidad a medida que avanza la enfermedad se necesitan conocimientos y herramientas”, concluyó.