
Hay fechas que quedan marcadas a fuego en la memoria colectiva, pero para Claudia Guadalupe Vega, el 12 de diciembre no es solo una efeméride policial; es el aniversario del día en que su vida se partió en dos. Hoy se cumplen 30 años de La Masacre de Recreo, aquel mediodía de 1995 en el que Marcelo “El Chajá” Ferreyra, un convicto prófugo de la cárcel de Las Flores, irrumpió en la casa N° 41. Allí violó a Claudia, que entonces tenía solo 14 años, y ejecutó con una brutalidad inusitada a su madre embarazada de ocho meses y medio y a sus cuatro hermanos menores: Alberto, Daniel, Sebastián y el pequeño Cristian, de apenas un año y medio.
Hoy, sentada frente a las cámaras en una localidad del norte del departamento La Capital, Claudia ya no es aquella niña que escapó ensangrentada para pedir auxilio. Es una mujer de 44 años, madre de cuatro hijos, que ha tenido que reconstruirse sobre los escombros de un dolor inimaginable.
A tres décadas del horror, Claudia acepta repasar su historia de dolor y resiliencia.
—Han pasado 30 años desde que la Masacre de Recreo atravesó tu vida. ¿Qué fue de vos en estas tres décadas transcurridas?
—Me convertí en mamá de cuatro hijos: dos mujeres y dos varones. Abril de 22, Inti de 18, Ian de 14 y Victoria de 9. Ellos siempre preguntaron por su abuela materna y les decía que había tenido un accidente. Hasta el día de hoy, la más chica no lo sabe pero la más grande se enteró por una amiga, porque le mostró un diario sobre lo que me había pasado. Cuando llegó a casa me preguntó y tuve que contarle. Los otros tres nunca me preguntaron directamente. Yo sé que ellos lo saben, se enteraron por sus amigos, pero salvo mi hija mayor, el resto nunca me lo planteó.
—En aquel momento tenías solo 14 años, estabas en plena adolescencia y solo te quedaba tu papá. ¿Cómo hiciste para rearmarte?
—En el transcurso de la vida, en ese momento tan complicado, me fui a vivir con mi tía y su familia. Pero los verdaderos psicólogos de mi vida fueron mis hijos. Cuando fui mamá comencé a poder superar algunas cosas tristes; fue la única forma de sanar lo más doloroso de mi vida.
—A veces se dice que las heridas persisten. En tu caso, fuiste violada y lograste escapar para pedir auxilio. ¿Recordás cómo fue la reacción del entorno?
—Sí, eso es cierto. Yo salí a pedir ayuda a los vecinos que vivían cerca de mi casa. Ellos me ayudaron y llamaron a la Policía. Así fueron las cosas.
—Hoy es 12 de diciembre. ¿Qué te pasa por el cuerpo y la mente cuando llega esta fecha y se acercan las fiestas?
—Bueno, las fiestas no son para mí lo mismo que para cualquiera. Pero se pasa, se sobrelleva.
—Con los años hubo una causa judicial y una indemnización del Estado por tu situación de víctima y el asesinato de tu familia. ¿Qué sucedió con esa reparación?
—Conocí a un hombre que es el padre de mis dos últimos hijos. Yo cobré el dinero de la indemnización del Estado y dejé que él manejara todo lo que había cobrado. Él se quedó con todo lo que me pagó el Estado. Tuve que volver a vivir con mi padre a Recreo.
—¿Cuál es la relación que mantenés hoy con tu papá?
—Obviamente, después de lo que pasó hubo distintos momentos. Se fue formando ahora, más a lo último, tenemos comunicación, los chicos lo conocen y vamos a veces a visitarlo. Hay que recordar que mi papá era camionero cuando ocurrió la masacre; estaba trabajando. —¿Recurriste en algún momento a ayuda profesional, psicólogos o psiquiatras, para aliviar el trauma?
—Lo que me pasó es que busqué ayuda, fui a un psicólogo y después a otro, pero al contarles lo mío, la verdad es que era más doloroso. Se sentía más como un castigo que como un beneficio. Al final, me arreglé sola.
—¿Sos consciente de que la Masacre de Recreo es un hecho de trascendencia nacional que la gente no olvida?
—Sí. Cuando saben que soy yo, por algún motivo, la solidaridad es espontánea. La gente me lo hace saber de una manera sincera. Soy plenamente consciente.
—¿Seguís manteniendo relación con la gente de Recreo que te conoce desde chica?
—Sí, claro que sí. Sigo manteniendo un grupo con todos mis amigos de la infancia. Mis raíces están hundidas en Recreo. Hoy todos somos grandes, tenemos entre 40 y 50 años. Voy seguido; cuando lo necesito, voy.
—Muchas personas, tras vivir traumas extraordinarios, se vuelcan a la religión buscando alivio. ¿Fue tu caso?
—No. A mí no me pasó. Al contrario, yo estuve muy enojada siempre, siempre. Nunca pude entender por qué a mí me tocó enfrentar este desastre. No fui por ahí para encontrar una salida.
—¿Sentiste el acompañamiento de la gente desde el principio?
—Sí. Siempre me sentí muy acompañada por toda la comunidad de Recreo. Por todos. Por lo que me quedó de mi familia, por mis vecinos, por mis amigos de la infancia, por mis maestras y profesoras. Por toda la gente que fue a las distintas marchas pidiendo justicia.
—A 30 años, ¿qué pensás hoy de “El Chajá” Ferreyra, el autor de la masacre?
—No sé. Francamente, no sé. Hasta a veces me pregunto qué haría si lo tuviera enfrente.
—¿No lo pudiste perdonar?
—No. Obvio que no lo podría perdonar.
—Durante el proceso judicial tuviste que narrar las circunstancias que viviste repetidas veces. ¿Cómo fue esa experiencia con la Justicia?
—Sí, eso fue tremendo. Porque cada cinco minutos tenés que ir y otra vez volver a contar todo tu calvario. Una, dos, tres y mil veces, todas las veces que te lo preguntan.
—¿Sos consciente de que tu relato y ese esfuerzo sobrehumano fueron la razón por la que pudieron condenarlo?
—Fue crucial en ese momento de mi vida el acompañamiento de mi abogado, Adrián Van Ysseldyk, porque él siempre estuvo desde el principio hasta el final.
—Se dice que los magistrados quedaban impactados con tu relato de las torturas a las que fuiste sometida.
—Me escuchaban. Y hasta han llorado.
—¿Tuviste enfrente a jueces que lloraron al escucharte?
—Yo les contaba lo que pasó, y los jueces y las juezas no paraban de llorar. Lloraban.
—¿Con tu papá alguna vez pudiste tener una conversación profunda sobre el tema?
—No. Nunca pudimos hablar del tema. Jamás. No pudimos nunca hablar de todo esto. Mi papá me abraza y con eso está todo dicho.
—¿Cuáles son tus expectativas hoy mirando hacia el futuro?
—Mi alegría son mis cuatro hijos. Seguir adelante de la mejor manera posible. Mi hija mayor estudia Ingeniería Industrial, el segundo terminó el secundario y va a estudiar Administración de Empresas, el tercero está en el secundario y la más chica pasó a quinto grado. La vida sigue en ellos.

