Por Ivana Manzano
La Causa Malvinas irrumpió con fuerza inédita en la agenda internacional tras un cruce geopolítico de alto impacto: las declaraciones del presidente estadounidense Donald Trump sugiriendo una reevaluación de la postura histórica de Washington respecto a la soberanía del archipiélago —en medio de sus crecientes fricciones con Londres por el gasto militar y la falta de apoyo británico en el conflicto de Irán— reconfiguraron el tablero diplomático. Capitalizando estos «vientos de cambio» el presidente Javier Milei encabezó una cadena nacional para ratificar los derechos argentinos por «historia y ley» y anunciar decretos y sanciones dirigidas a paralizar el megaproyecto petrolero Sea Lion.
Analizar el conflicto de Malvinas exige evitar reduccionismos que limiten la mirada únicamente al choque bélico sucedido entre el 2 de abril y el 14 de junio de 1982. Como señalan los enfoques historiográficos contemporáneos, los acontecimientos sincrónicos se comprenden en toda su complejidad cuando se articulan con una perspectiva diacrónica de larga duración: una línea temporal que abarca las disputas imperiales, la usurpación colonial de 1833, el trauma de la última dictadura cívico-militar y sus proyecciones hacia el futuro.
La trama histórica de los derechos argentinos y la usurpación de 1833
Para dimensionar la legitimidad del reclamo argentino, resulta indispensable reconstruir los antecedentes jurídicos e históricos de la ocupación. Tras tempranas expediciones europeas en el siglo XVI y los asentamientos del siglo XVIII —con la presencia clandestina inglesa en Puerto Egmont y el establecimiento francés que bautizó a las islas como Malouines—, la Corona Española hizo valer sus derechos e incorporó formalmente el archipiélago a la gobernación de Buenos Aires en 1767. Incluso tras las disputas de 1770, Gran Bretaña reconoció la soberanía española en la zona.
Al consumarse la independencia argentina en 1816, el nuevo Estado heredó plenamente los derechos territoriales hispanos sobre las Malvinas bajo el principio del derecho internacional uti possidetis iuris («como poseéis por derecho, así poseeréis»). Dicha soberanía fue explícitamente ratificada mediante tratados de paz, amistad y comercio firmados con la propia Corona Británica en 1825. Sin embargo, en 1833, en pleno auge del expansionismo imperial, fuerzas británicas ocuparon ilegalmente el archipiélago por la fuerza y expulsaron a las autoridades e instituciones argentinas. A partir de ese acto de desposesión, Malvinas se transformó en una causa nacional imprescriptible y en un elemento central de la identidad y la memoria histórica del país.

El conflicto de 1982: manipulación política, trauma y «desmalvinización»
Siglo y medio después de la usurpación, el conflicto bélico de 1982 se inscribió como una experiencia traumática dentro del contexto general de violencia impuesto por la última dictadura cívico-militar (1976-1983). La decisión del régimen encabezado por Leopoldo Fortunato Galtieri de ejecutar la “Operación Rosario” buscó, fundamentalmente, instrumentalizar la causa patria para recuperar la desgastada legitimidad social de las Fuerzas Armadas y unificar a la población frente a un enemigo común.
A pesar del fervor patriótico inicial, la contienda dejó en evidencia las trágicas condiciones en las que fueron enviados a combatir los jóvenes conscriptos: armamento inadecuado, inclemencias climáticas severas, falta de raciones y castigos inhumanos impartidos por sus propios superiores. Tras la capitulación el 14 de junio, las autoridades dictatoriales intentaron silenciar a las tropas en su regreso al continente para ocultar la verdad de los hechos.
Este ocultamiento derivó en un prolongado proceso de «desmalvinización» durante la transición democrática, caracterizado por el desamparo institucional y una suerte de “amnesia social” tendiente a barrer la tragedia bélica de la esfera pública.
El rescate de la memoria a través de la voz de los excombatientes
La ruptura de ese cerco de silencio no vino desde las altas esferas del poder, sino desde la organización colectiva de los veteranos de guerra, sus familias y los organismos de derechos humanos. Mediante la recuperación las fuentes orales, los excombatientes relataron la significación de las vivencias en el frente de batalla.
Sus testimonios permitieron transformar el dolor individual en una demanda política comunitaria por memoria, verdad y justicia. Con la llegada de políticas públicas específicas en el siglo XXI, la creación de dependencias dedicadas a la causa atlántica y el histórico Plan Proyecto Humanitario —que hizo posible la identificación forense de los caídos enterrados como “Soldado argentino solo conocido por Dios” en el Cementerio de Darwin—, el Estado recuperó la centralidad del reclamo soberano.
Sea Lion, el choque Trump-Londres y la batalla por los recursos no renovables
Lo que en 1833 comenzó como un enclave estratégico del colonialismo se ha reconfigurado en el siglo XXI como una disputa abierta por bienes comunes y recursos energéticos vitales. Esta tensión alcanza hoy su punto crítico con el avance del proyecto Sea Lion, ubicado en la cuenca Malvinas Norte. Impulsado por la británica Rockhopper Exploration y la israelí Navitas Petroleum, el emprendimiento proyecta una extracción inicial de 55.000 barriles diarios sobre reservas estimadas en más de 300 millones de barriles en la plataforma continental argentina.

El nuevo contexto geopolítico internacional ha añadido un factor de imprevisibilidad: las públicas declaraciones de Trump dudando de la capacidad defensiva británica y negándose a garantizar la asistencia de Washington ante un conflicto en el Atlántico Sur expusieron la fragilidad de la relación especial entre la Casa Blanca y la administración británica. La Casa Rosada busca aprovechar esta ruptura diplomática para asfixiar financieramente el proyecto Sea Lion mediante la aplicación de severas sanciones administrativas y penales. El escenario abre un interrogante clave: cómo articular acciones disuasivas y de preservación del patrimonio nacional en el Atlántico Sur frente a corporaciones transnacionales, garantizando al mismo tiempo una estrategia internacional sólida que no quede supeditada a los vaivenes coyunturales entre las potencias globales.
Pasado, presente y horizonte de expectativas
Ese espacio de experiencia ha encontrado en la cultura popular y, muy especialmente, en el fútbol, un refugio ineludible para mantener viva la llama reivindicativa. Apenas cuatro años después de la tragedia de 1982, la mítica actuación de Diego Armando Maradona en los cuartos de final de México 1986 ante Inglaterra —con la «Mano de Dios» y el «Gol del Siglo»— sublimó de forma simbólica el dolor colectivo de un pueblo golpeado. Cuatro décadas más tarde, ese lazo indeleble entre el fútbol y el sentimiento patrio volvió a conmover al mundo: tras el épico triunfo sobre la selección inglesa por 2 a 1 en las semifinales del Mundial 2026, los futbolistas del seleccionado argentino desplegaron sobre el césped una bandera con la leyenda “Las Malvinas son argentinas”, desafiando los estrictos protocolos de la organización para colocar nuevamente la causa en el centro de la escena internacional.

El debate reabierto demuestra que Malvinas dista de ser una discusión saldada o un capítulo cerrado en los libros de historia. Como plantea el historiador Reinhart Koselleck en su análisis de la temporalidad, el presente es la intersección entre el “espacio de experiencia” (el pasado acumulado) y el “horizonte de expectativas” (el futuro proyectado).
Las más de 200 islas e islotes que componen el archipiélago y sus áreas marítimas adyacentes representan una herida abierta en el corazón de la soberanía argentina. Mantener viva la memoria activa de la causa no consiste en una mera reproducción ritual, sino en un compromiso histórico, ético y pedagógico por erradicar cualquier rezago colonial en el siglo XXI y garantizar la integridad territorial de la Nación.