Por un lado, el elemento. Pelota, balón, bolo, esférico, redonda, fútbol, bocha, reina. Todos sinónimos de lo mismo, todos apodos del cuerpo insustituible de nuestra mayor pasión popular: el fútbol.
Y por el otro, lo que nace del elemento. Un deporte, un juego, una diversión, un pasatiempo o un entretenimiento que no significa lo mismo que un trabajo o una profesión. Sin embargo, el fútbol abraza todas esas definiciones y las mete bajo su halo. Incluso, borra con el pie la línea que los divide, como se borra la línea de cal húmeda sobre la tierra cuando un grupo de personas juegan a esto un buen rato. Y confunde, como es de esperar.
¿Fue adentro o afuera? ¿Fue penal o tiro libre? ¿Quién puede precisarlo si el canchero no hizo la zanjita antes de tirar la cal y ahora que pisotearon todo no se ve la línea? ¿Cambia tanto si fue afuera o si fue adentro? ¡Claro que cambia! ¿Alguien puede preferir un tiro libre con 5 lungos parados como un tapial interrumpiendo la visual del arco y trasformando al solitario arquero en un sexteto –mínimo- de obstáculos entre tu pelota y la red? Nadie, lógicamente.
Esa línea, desdibujada, borrosa y desprolija es la que también separa a esto de correr una pelota, en dos.
Alguna vez, oí a Rubén Rossi decir que hasta los doce años las pibas y los pibes deben jugar a la pelota y que recién luego de esa etapa deben aprender a jugar al fútbol. Poéticamente, es brillante. Prácticamente, difícil de comprender. Por suerte, para mí y para varios, Rubén fundamentó. Ese día entendí que las obligaciones transforman al juego en deporte y que el instante en que la titularidad y el resultado pasan a valer más que el caño, la gambeta o el sombrerito se corre el riesgo de transformar
formación en fabricación, de reducir las libertades y con ello apagar la llama más trascendente de esta historia: la creatividad.
No es lo mismo jugar a la pelota que jugar al fútbol, como no es lo mismo un jugador que un futbolista. No obstante, a simple vista todos son iguales. Es un efecto visual más que una realidad.
El sistema exige, como todos los sistemas, engranajes. La mayoría acepta adaptarse al proceso productivo de estandarización que generalmente se impone. Unos pocos, en cambio, no. Estos desafían la lógica de mercado y siguen pensando en amagar en lugar de pasarla siempre, rutinariamente; en llevar la pelota, bailando y engañando, de un lugar a otro en vez de simplemente tirarla; o en definir al primer palo contra el peso histórico de las estadísticas que garantizan mayor probabilidad de festejo si se le pega cruzado.
Para crear se precisa libertad, no anarquía. Quienes lo entienden, marcan la diferencia formando jugadores indescifrables, artistas de diferentes características. Quienes no, invitan a la deserción de los diferentes. Es esta la principal causa del precoz abandono de muchos y muchas.
Por suerte, el profesionalismo no es el único camino a la felicidad futbolera ni el dinero el único propósito para perseguir metas.
Hay personas que ven más allá, que no se cargan –aunque las tengan- las necesidades económicas de generaciones al talento de sus piernas. Hay seres de avanzada que disfrutan de jugar y que eligen donde hacerlo, a contracorriente del mercantilismo, por amor a la redonda, al grupo de amigos o a los colores que lo enamoraron.
Desde ese lugar elijo recordar a Tomás Felipe Carlovich. Desde el lugar del que no permitió que el sistema soborne sus búsquedas ni le cambie la vida. Desde el lugar del tipo que siempre, según cuentan los que saben de verdad de esta historia, jugó a la pelota. Desde el lugar del que nunca quiso jugar al fútbol. Y desde el lugar del que jugó en su casa y en ligas amateurs hasta más allá de lo que indica el profesionalismo como fecha de vencimiento aproximada.
Es el abanderado de todos los otros tipos de fútbol, de los que juegan casi todos los hombres y mujeres de este suelo y del que jugamos inexorablemente todos en nuestra niñez: el de la libertad.
Porque como dijo uno de los que mejores paredes tira entre la pelota, la vida y las letras, el inmenso Kurt Lutman, no existe un solo fútbol sino que hay muchos. No lo olvidemos nunca, por el bien de la mayoría.
Y por la memoria del Trinche.


