La industria textil argentina atraviesa uno de sus momentos más críticos de los últimos años, con una fuerte caída de la producción, altos niveles de capacidad ociosa y un impacto creciente en el empleo. Según un informe de la Fundación Pro Tejer, la actividad se contrajo un 33% interanual en febrero y acumula dos años consecutivos en retroceso.
El dato más alarmante es el nivel de parálisis en las fábricas: actualmente, siete de cada diez máquinas permanecen detenidas, lo que refleja la magnitud de la crisis productiva. Incluso en el promedio de los últimos dos años, seis de cada diez equipos estuvieron fuera de funcionamiento, pese a que entre 2021 y 2023 el sector había alcanzado niveles récord de inversión y modernización.
La caída no se limita a la producción textil. La fabricación de prendas de vestir, cuero y calzado también registró retrocesos: bajó un 18% frente a 2025 y un 20% en comparación con 2023, consolidando un escenario recesivo en toda la cadena.
Entre las principales causas, el informe señala la debilidad del consumo interno, afectado por la pérdida de poder adquisitivo y el deterioro del mercado laboral. El aumento de los costos básicos —como servicios, alquileres, salud y educación— reduce el ingreso disponible de los hogares, impactando directamente en la demanda de bienes no esenciales como la indumentaria.
A este contexto se suma un cambio en el esquema comercial. Durante 2025, las importaciones de ropa y textiles para el hogar crecieron un 185% en volumen, tendencia que se mantiene en alza en 2026. Según la entidad, muchos de estos productos ingresan a precios históricamente bajos, lo que plantea dudas sobre condiciones de competencia y controles.
El fenómeno se ve potenciado por el crecimiento del comercio electrónico internacional y la flexibilización del régimen de envíos puerta a puerta. En 2025, los envíos por courier aumentaron un 274% respecto al año anterior, alcanzando niveles récord.
El informe también advierte sobre factores macroeconómicos que afectan la competitividad local, como la apreciación del tipo de cambio real, que incentiva las importaciones y desalienta las exportaciones. A esto se suma la presión impositiva: en algunos casos, los tributos representan cerca del 50% del precio final de una prenda.
Las consecuencias ya son visibles en la estructura productiva. Desde 2023, el sector perdió más de 20.700 puestos de trabajo registrados, lo que implica una caída del 17% del empleo formal. Además, cerraron más de 650 empresas, equivalentes al 11% del entramado industrial textil.
Con estos indicadores, la actividad se posiciona como una de las más golpeadas dentro de la industria argentina, en un escenario donde, según advierten desde el sector, la combinación de caída del consumo, apertura importadora y falta de medidas de alivio configura un panorama cada vez más complejo para la producción nacional.


