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El campo pierde productores y advierten por una concentración cada vez mayor

Desde la Sociedad Rural de Santa Fe alertaron por la desaparición sostenida de pequeños productores y establecimientos familiares. Hugo Iturraspe vinculó el fenómeno con la falta de políticas de largo plazo, el acceso al crédito y los costos necesarios para producir a escala. “El campo necesita plazo, necesita tiempo para su desarrollo”, sostuvo.

14 de septiembre de 2026


El campo argentino produce más y logró importantes avances tecnológicos, pero detrás de ese crecimiento se esconde un fenómeno que preocupa a las entidades agropecuarias: cada vez hay menos productores y una mayor concentración de la producción.

Desde el sector advierten que desde la década del 90 se perdió aproximadamente la mitad de los productores agropecuarios del país y estiman que, actualmente, desaparece uno cada dos horas.

En diálogo con este medio, Hugo Iturraspe, referente de la Sociedad Rural de Santa Fe, aseguró que se trata de un proceso que las entidades vienen observando desde hace décadas y puso especialmente el foco en las dificultades que enfrentaron las pequeñas explotaciones familiares.

“Esto no es una novedad para nosotros. Son muchos años que nos venimos dando cuenta de que estamos perdiendo productores agropecuarios”, señaló.

Del campo familiar a una producción de mayor escala

Iturraspe recordó que durante los años 90 todavía era habitual encontrar establecimientos donde padres e hijos vivían y trabajaban juntos, aportando la mano de obra necesaria para sostener pequeñas producciones.

Con el paso del tiempo, ese modelo comenzó a perder terreno.

Según explicó, la incorporación de nuevas tecnologías y la necesidad de producir a una escala cada vez mayor generaron una barrera difícil de superar para muchos pequeños productores.

“El productor chico no podía competir ni podía comprarse la máquina para estar a la altura del desarrollo que ha tenido la Argentina”, sostuvo.

Para Iturraspe, allí comenzó a profundizarse un éxodo desde las zonas rurales hacia pueblos y ciudades, aunque eso no significó necesariamente que las tierras dejaran de producir.

Por el contrario, muchas parcelas que anteriormente eran explotadas directamente por sus propietarios pasaron a ser alquiladas y trabajadas por productores de mayor escala.

“Muchos propietarios chicos no se fueron definitivamente del campo; están viviendo en los mismos pueblos, pero alquilaron sus tierras. Hoy la agricultura, en gran medida, se hace sobre campos alquilados”, explicó.

Menos tambos pero una producción que se sostiene

El representante de la Sociedad Rural utilizó a la lechería como uno de los ejemplos más claros del proceso de concentración.

Durante las últimas décadas desaparecieron numerosos tambos pequeños, pero eso no implicó una caída equivalente en el volumen total de leche producido.

“Han desaparecido los pequeños tambos, pero la producción láctea sigue prácticamente intacta respecto de lo que se producía hace 20 años, cuando había una mayor cantidad de tambos”, planteó.

La explicación está justamente en la concentración: menos establecimientos producen volúmenes mayores.

De esta manera, el problema no necesariamente se refleja en una caída de la producción agropecuaria total, sino en quiénes permanecen dentro de la actividad y quiénes tienen capacidad económica para afrontar las inversiones necesarias.

El reclamo por créditos de largo plazo

Para Iturraspe, uno de los instrumentos fundamentales para revertir o al menos frenar el fenómeno es recuperar líneas de financiamiento adaptadas a los tiempos productivos del campo.

Recordó que décadas atrás entidades como el Banco Nación y los bancos provinciales ofrecían créditos de cinco o siete años para inversiones productivas, compra de vientres, incorporación de maquinaria o electrificación rural.

“Eso permitía que, a pesar de la falta de infraestructura, se fueran generando adelantos. El crédito es fundamental para el campo”, afirmó.

Y explicó por qué el financiamiento agropecuario requiere condiciones particulares: “Para poder sacar algún resultado de una explotación pasan como mínimo 180 días en una cosecha. En una vaca hay que esperar nueve meses para que nazca un ternero y después otro tiempo para poder venderlo”.

“El campo necesita de plazo, necesita de tiempo para su desarrollo”, remarcó.

“El campo creció en soledad”

El dirigente rural también cuestionó la ausencia de políticas agropecuarias sostenidas independientemente de los gobiernos y consideró que históricamente las respuestas aparecen principalmente cuando existe una emergencia.

“Cuando tenemos problemas climáticos o desastres aparecen situaciones de emergencia, pero una vez pasados esos momentos de dificultad, los gobiernos se olvidan”, cuestionó.

En ese sentido, aseguró que buena parte del crecimiento experimentado por la producción argentina estuvo impulsado por la iniciativa privada.

“El campo que hoy está dando satisfacciones por el crecimiento económico que ha tenido, lo ha hecho en soledad”, afirmó.

Iturraspe también reclamó una reducción de la presión impositiva sobre la actividad y volvió a cuestionar los derechos de exportación, además de señalar la incidencia de tributos nacionales, provinciales y municipales.

Como contraste mencionó el desarrollo agropecuario de Paraguay, donde —señaló— existe una estructura tributaria considerablemente menor y una expansión importante de actividades como la agricultura y la ganadería.

Pueblos que perdieron habitantes junto con los productores

Para la Sociedad Rural, el fenómeno tiene además una consecuencia que excede al sector productivo.

La desaparición de explotaciones familiares significa también menos familias viviendo en el campo, menos actividad económica en pequeñas localidades y una creciente migración hacia los centros urbanos.

Iturraspe relacionó ese proceso con el cierre de ramales ferroviarios y la pérdida de servicios que históricamente daban vida a numerosos pueblos del interior.

“Es una lástima. Uno ve las construcciones, las casas de ramos generales, las estaciones de ferrocarril que daban vida en todos los lugares. Al cerrarse el ferrocarril, la gente migró hacia las ciudades”, describió.

Para el dirigente, el desafío pasa entonces por generar condiciones que permitan que los productores pequeños y las nuevas generaciones encuentren razones económicas para permanecer en el territorio rural.

“Tenemos una demanda de proteínas cárnicas como hacía años que no se daba y no tenemos stock suficiente. Siempre que aparecen las oportunidades nos encuentran sin tener la producción al día”, advirtió.

En ese escenario, desde la Sociedad Rural de Santa Fe insisten en que crédito, infraestructura, menor presión tributaria y políticas agropecuarias de largo plazo serán fundamentales para evitar que el crecimiento productivo continúe acompañado por una paradoja: un campo que produce cada vez más, pero con cada vez menos productores.