El tenis, al igual que todo deporte, tiene señales particulares que lo distinguen y lo identifican. Matices que lo hacen único. Sin embargo, por ser fuente natural de sueños y aspiraciones cautiva ilusiones en todo el mundo. En las grandes urbes y en el interior. Aquí y allá, sin importar demasiado el continente y sin importar los medios.
Tiene una raíz social muy estrecha y un desarrollo amplificado en las últimas décadas por lo cual, quien sueñe raqueta en mano sabe desde siempre que se precisa de un esfuerzo máximo para abrazar conquistas, aun con respaldo económico.
No obstante, el deportista del interior en nuestro país sabe que ir detrás de sus anhelos deportivos implica desarraigo. Temprano o tarde el deporte profesional así lo requiere y allí es donde se igualan las disciplinas: las igualan lasbúsquedas de los protagonistas. De los seres humanos que buscan ser protagonistas mucho más que de sus vidas.
El desapego de su habitualidad es el mayor precio que un joven deportista debe pagar en su camino a la trascendencia. Y la regla rige para el que empuña una raqueta, el que taclea, el que hace picar una americana, el que gambetea, el que nada, el que salta para bloquear, el que lo hace con una garrocha y para cualquier otra persona que cargue sus ilusiones sobre el deporte.
Jugársela implica eso: dejar de dormir a diez pasos de la familia, decidir en soledad, estudiar en soledad, determinar qué comer, cuándo y cuánto descansar, establecer prioridades, tomar decisiones. Jugársela implica madurar. Y madurar implica resolver con suficiencia o corregir en el camino.
Es un sendero de aprendizaje en una universidad que no garantiza el título aun realizando de manera brillante la propia tarea. El deporte es así, quien no lo sabe al partir lo aprende andando y sino, regresa a casa antes de lo previsto.
Lo crucial está en las formas y en la constancia. Es la única medicina para las frustraciones parciales o finales en la disciplina que uno abraza por pasión.
Es un crecimiento permanente, necesario, obligatorio. Un crecimiento solitario en parte, pero no aislado. Es vitalcontar con el acompañamiento de los propios. Es cierto que la distancia complejiza, tan cierto como que no invalida. Una madre puede contener teléfono mediante como un padre puede aconsejar o un abuelo despertar una carcajada inesperada.
No se precisa ver para sentir pero siempre se precisará sentir para seguir.
Hay partidos que se juegan solo pero la gran mayoría se juegan en equipo, también en deportes individuales. Porque el afecto, el cimiento de valores y la complicidad se construyen desde niño y se refuerzan en las siguientes etapas.
Esa compañía, esa lectura descontaminada de inmediatez,es determinante para valorar el camino y no la meta, aunque a veces se precise de la meta para masificar un mensaje.
Así lo ha hecho Charo, la madre de Guido Pella, en una carta pública. Una madre orgullosa de lavar una remera día a día para el siguiente partido; una madre que reconoce como un valor en sí y no como un medio, la soledad de un hotel en un difuso y distante lugar esperando un nuevo juego; una madre que logra transmitir que estar entre los cien mejores tenistas es glorioso cuando el exitismo lo califica de mérito simple.
En este caso es una madre, pero en otros casos hay padres, abuelos, tíos o amigos.
Para la mayoría, la notoriedad de esta historia pasa por tratarse de un tenista profesional.
En cambio, para los que buscamos hilar más fino, la notoriedad pasa por la capacidad que tiene el entorno deun tenista profesional para potenciar rescatando al ser humano que vive detrás –delante, en realidad- del deportista.
Valorar el camino, reconociéndolo como un logro, equilibra emociones y aleja de los vaivenes emocionales que provocan los caprichosos resultados. No se trata de entronar la derrota, se trata de reconocer pequeñas y silenciosas victorias.
En Charo, habitan muchas madres. En Guido, habitan millones de deportistas: los pocos elegidos y los muchos que dejaron la calidez del hogar persiguiendo sueños que no se cumplieron, pero educaron.