El fenómeno climático de El Niño ya se encuentra en desarrollo y, si las proyecciones actuales se mantienen, Santa Fe podría comenzar a registrar precipitaciones por encima de los valores normales a partir de octubre. Así lo explicó Gabriela Müller, directora del Centro de Estudios de Variabilidad y Cambio Climático de la Facultad de Ingeniería y Ciencias Hídricas (FICH) de la Universidad Nacional del Litoral (UNL) e investigadora principal del Conicet, durante una entrevista en el programa Zona Crítica de VEO.
La especialista diferenció el fenómeno de El Niño del cambio climático y explicó que, si bien son procesos distintos, su interacción puede potenciar los eventos extremos.
El Niño y el cambio climático: dos fenómenos distintos
Müller explicó que El Niño forma parte de la variabilidad natural del clima y corresponde a la fase cálida del fenómeno conocido como ENOS (El Niño-Oscilación del Sur), mientras que La Niña representa su fase fría.
En la región del sudeste de Sudamérica, donde se encuentra Santa Fe, los eventos de El Niño suelen estar asociados a lluvias superiores a lo normal, especialmente cuando alcanzan una intensidad fuerte o muy fuerte.
Sin embargo, aclaró que el cambio climático modifica el contexto en el que ocurre este fenómeno.
“El cambio climático impacta principalmente en el aumento o la exacerbación de los eventos extremos. Si El Niño genera más lluvias, con el calentamiento global esas precipitaciones pueden ser todavía más intensas”, señaló.
El fenómeno ya comenzó, pero los principales impactos llegarán hacia fin de año
La investigadora indicó que los indicadores oceánicos y atmosféricos ya confirman el inicio del evento de El Niño. No obstante, explicó que el sistema todavía atraviesa su etapa de desarrollo y que deberán pasar algunos meses para que se manifiesten plenamente sus efectos en la región.
Según detalló, los principales impactos suelen sentirse entre fines de la primavera y el comienzo del verano.
“Podríamos empezar a observar lluvias por encima de lo normal a partir de octubre”, sostuvo.
Además, recordó que, desde el punto de vista meteorológico, el verano comienza el 1° de diciembre, período en el que habitualmente El Niño alcanza su mayor influencia sobre las precipitaciones.
No es posible anticipar cuánta lluvia caerá
Uno de los conceptos que Müller remarcó durante la entrevista fue que los pronósticos climáticos permiten estimar tendencias, pero no cuantificar con precisión la cantidad de lluvia que se registrará.
“No hay forma, desde la ciencia, de saber cuánto va a llover. Cuando hablamos de precipitaciones por encima de lo normal estamos hablando de probabilidades, no de cantidades exactas”, explicó.
En ese sentido, advirtió que realizar afirmaciones categóricas sobre posibles inundaciones o acumulados específicos resulta irresponsable desde el punto de vista científico.
Santa Fe ya experimenta un calentamiento regional
Durante la entrevista, Müller también hizo referencia al estudio que elaboró junto a su equipo para el Ministerio de Ambiente y Cambio Climático de Santa Fe, en el marco del Plan de Adaptación al Cambio Climático.
Según explicó, el trabajo permitió establecer una “línea de base climática” para la provincia y elaborar proyecciones hacia fines de siglo.
Entre las principales conclusiones, destacó que Santa Fe ya experimenta un aumento sostenido de la temperatura y una mayor exposición a eventos extremos, tanto de lluvias intensas como de sequías.
“Vamos a estar peor o menos peor, pero no vamos a estar mejor. No hay vuelta atrás. Por eso es fundamental adaptarse y planificar”, afirmó.
Prepararse con anticipación
La investigadora consideró que disponer de información con varios meses de anticipación constituye una herramienta clave para que gobiernos, productores y ciudadanos puedan tomar decisiones preventivas.
“Estamos a meses de que comiencen los impactos más importantes. Ese tiempo es muy valioso para prepararse, planificar obras y adoptar medidas de adaptación”, concluyó.
Müller también destacó que muchas comunidades ya comenzaron a incorporar estrategias de adaptación frente a estos escenarios, como la construcción de viviendas elevadas en zonas inundables, una respuesta que consideró cada vez más necesaria frente al incremento de los eventos climáticos extremos.