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La leyenda continúa

El análisis de César Carignano tras el regreso triunfal de Colón a la Copa Libertadores

05 de abril de 2022


Hay situaciones, eventos, partidos que desde lo emocional elevan al paroxismo al futbolista. Hechos que no precisan demasiado palabrerío para despertar las más profundas de las fibras. Los clásicos y los enfrentamientos ante los grandes en casa, son buenos ejemplos.

Medirse ante una camiseta de las más gloriosas del fútbol continental es otro gran ejemplo.

Por eso la incertidumbre no pasaba por cómo iba sentir el partido Colón. La duda estaba en cómo iba a jugarlo porque tan cierto como decir que este tipo de encuentros motivan de sobremanera, es decir que si las cosas no salen de arranque el presente futbolístico termina pesando más que las emociones positivas. Y el presente futbolístico del Sabalero no invitaba a envalentonarse enormemente.

Pero el Rojinegro jugó un gran partido. Se encontró con un Peñarol que, influenciado por su gris realidad deportiva quizá, le ofreció el dominio de la pelota y del espacio renunciando a disputar el juego de igual a igual, al menos en el arranque. Y Colón aprovechó esas condiciones que son solo estadísticas y posicionales para hacer pata ancha, transformar avances en acercamiento peligrosos y finalmente, luego de su yerro de película, abrir el marcador a través de Luis Miguel Rodríguez.

Para ese entonces, Teuten y Meza eran decididamente volantes, cuando no extremos. A esa altura, Lértora y Aliendro dominaban el corazón de la cancha de overol y la galera, respectivamente. Y en ese entonces Bernardi ya mostraba que la sintonía fina que de a largos ratos se le pierde hoy lo acompañaba en cada jugada.

Colón convirtió sensaciones en merecimientos y pudo haberse ido al descanso con una diferencia mayor. Pero los goles, merecidos o no, se deben hacer. Y en el complemento, sin preanuncios apareció para igualar el match a través de Ceppelini.

Falcioni ya había pedido que los volantes exteriores retrocedan para armar la línea de cinco no de modo temporal sino más bien de manera permanente, probablemente  porque a Delgado Laquintana lo desbordaba con relativa frecuencia. Pero en esos minutos del complemento retroceder con orden para salir de contra no parecía una estrategia descabellada por dos simples razones: Peñarol no lastimaba en las cercanías profundas de Burian y las contras Sabaleras seguían inquietando.

Colón estaba más cerca de ampliar que de sufrir el empate. Pero esto es fútbol y las lógicas sirven para describir todo menos el resultado. El empate Manya llegó sin preámbulos, reitero. Nada hacía suponer su arribo a simple vista. Fue un gol sin contexto. Y un gol sin errores. Todo fue virtud del volante charrúa que con una parábola perfecta hizo estéril es esfuerzo del golero rojinegro.

“¿Y ahora?”. Esa debe haber sido la gran pregunta en cada corazón colonista porque, para colmo de males, segundos antes el Pulga había abandonado la cancha.

De allí en más, con una veintena de minutos hasta el cierre, Colón pasó de un estadío de confusión a imponerse desde la testosterona más que desde el fútbol, pero empezó a imponerse al fin de cuentas que es lo importante. Y en el cierre tuvo premio.

Se ve que en pleno auge de las telecomunicaciones nadie se percató en la Montevideo aurinegra de lo que es capaz Lértora con sus manos. Y de un córner de mano (porque lo que hace Federico en las cercanías de las áreas rivales es eso, un córner de mano) llegó el grito de todos en general y del pibe Farías en particular quien controló en la soledad que circunda al punto penal del área del Fonavi para rematar de sobrepique rasante sobre el palo izquierdo de Dawson.

Merecido triunfo Sabalero. Enorme triunfo Sabalero. Histórico triunfo Sabalero en su regreso al escenario máximo del fútbol continental. Compitiendo de igual a igual, primero; y ganando con justicia, luego.

Algunos estarán pelando chauchas abrazados con los que ya no están, y otros estarán enterrando un nuevo y pesado elefante en el cementerio del Centenario con el recuerdo de quienes les inculcaron este amor a su lado.

Mientras tanto, como rezan paredes, banderas y canciones, y como marca el curso de la historia Sabalera, la leyenda continúa. Y de a ratos se agiganta.