La Inteligencia Artificial ya no es una tecnología del futuro, sino una realidad que está transformando la economía, el trabajo, la política y la vida cotidiana. Sin embargo, para Gustavo Béliz, miembro de la Academia Pontificia de Ciencias Sociales del Vaticano, el desafío no pasa únicamente por su desarrollo tecnológico, sino por definir qué tipo de sociedad se construirá a partir de ella.
En la previa de su conferencia “La Economía de Francisco y la Inteligencia Artificial: de Francisco a León XIV”, que brindará este lunes en la Universidad Católica de Santa Fe, Béliz planteó que la humanidad se encuentra frente a una discusión decisiva sobre el rumbo que tomará esta revolución tecnológica.
“Hay una gran incertidumbre. La pregunta es qué estamos construyendo y hacia dónde vamos”, señaló, al tiempo que advirtió sobre la tensión existente entre quienes impulsan una Inteligencia Artificial orientada al bien común y aquellos intereses económicos que buscan maximizar ganancias sin considerar sus consecuencias sociales.
La necesidad de un horizonte ético
Para Béliz, la Inteligencia Artificial debe estar guiada por principios vinculados a la solidaridad, la fraternidad y el desarrollo humano integral.
En ese sentido, sostuvo que la construcción de reglas no puede quedar únicamente en manos de las grandes compañías tecnológicas, sino que debe involucrar a trabajadores, empresarios, científicos, universidades y gobiernos.
“Si esto no tiene un horizonte ético puede generar serios problemas, porque se conjuga con el valor de la guerra y no con el valor de la paz”, alertó.
El especialista consideró que son necesarias normas globales que establezcan límites claros para los desarrolladores y los grandes bloques de poder tecnológico.
Entre los principales riesgos mencionó la posibilidad de que los sistemas adquieran grados crecientes de autonomía y terminen siendo utilizados en armamentos o decisiones críticas fuera del control humano.
Inteligencia Artificial sí, pero al servicio de las personas
Lejos de plantear una mirada exclusivamente negativa, Béliz destacó que la Inteligencia Artificial ofrece enormes oportunidades para mejorar la calidad de vida.
Puede ayudar a optimizar tiempos, mejorar procesos educativos, facilitar tareas cotidianas y potenciar servicios públicos y privados. Sin embargo, advirtió que esos beneficios dependen del modo en que se diseñen y utilicen las herramientas.
“No puede estar diseñada para la adicción, para la falta de atención, para la trampa, para mentir o para generar noticias falsas”, afirmó.
Según explicó, además de la dimensión tecnológica existe una dimensión humana que exige discernimiento sobre los usos y objetivos de estas innovaciones.
El impacto sobre el trabajo
Uno de los ejes centrales de su análisis estuvo vinculado al mundo laboral. Béliz sostuvo que la incorporación de Inteligencia Artificial y sistemas automatizados en las empresas debe traducirse en mejores condiciones de trabajo y no en la expulsión de trabajadores.
“El empleo de robots o agentes artificiales tiene que ser sinónimo de mejora de la condición laboral de los seres humanos y no de echar gente”, remarcó.
Para lograr ese equilibrio propuso avanzar hacia un “pacto social tecnológico” que reúna al Estado, los trabajadores, los empresarios y la comunidad científica para definir reglas comunes sobre la incorporación de estas tecnologías.
Un “juramento hipocrático” para los desarrolladores
Béliz también propuso trasladar al ámbito tecnológico un principio similar al que rige para la medicina.
Así como los médicos asumen compromisos éticos a través del juramento hipocrático, consideró que quienes desarrollan sistemas de Inteligencia Artificial deberían comprometerse a diseñarlos para mejorar la vida de las personas y no para perjudicarlas.
“Los desarrolladores deberían tener la obligación de crear estos modelos para mejorar la calidad de vida y no para generar adicción”, sostuvo.
“No es una herramienta, es un cambio de paradigma”
Durante la entrevista, Béliz fue contundente al definir la magnitud de la transformación en marcha.
“No es una herramienta. Es un cambio de paradigma”, aseguró.
Según explicó, la Inteligencia Artificial tiene capacidad para modificar profundamente la forma en que funcionan las democracias, los gobiernos, las economías y las instituciones.
En ese sentido, señaló que puede convertirse en una aliada de la transparencia estatal, permitiendo mejorar el control de presupuestos públicos, obras, sistemas judiciales y procesos legislativos.
Pero también advirtió sobre su utilización en conflictos bélicos, mediante drones inteligentes y armas autónomas capaces de operar sin intervención humana directa.
La metáfora del Lole Reutemann
Para explicar la velocidad con la que avanza esta revolución tecnológica, Béliz apeló a una imagen muy ligada a Santa Fe: Carlos Reutemann.
Comparó a la Inteligencia Artificial con un Fórmula 1 que avanza a máxima velocidad y que necesita límites claros para no terminar fuera de control.
“Si a Reutemann le dabas un Fórmula 1 sin guardarrails y sin un horizonte claro, ese auto se iba a estrellar”, ejemplificó.
La metáfora resume una de sus principales preocupaciones: que el desarrollo tecnológico continúe acelerándose sin reglas, sin conducción y sin objetivos orientados al bien común.
El papel de los Estados
Finalmente, Béliz destacó que los Estados tienen una responsabilidad central en la regulación y orientación de estas tecnologías.
Consideró indispensable avanzar en mecanismos de cooperación internacional y regional para aprovechar el potencial de la Inteligencia Artificial sin perder soberanía ni control democrático.
Además, señaló que provincias y municipios ya están utilizando estas herramientas para mejorar servicios públicos, gestionar hospitales, optimizar la atención ciudadana y controlar obras urbanas.
“No todo es negativo. Hay muchos ejemplos positivos. Lo importante es saber discernir cuándo esta tecnología se encamina hacia una meta favorable y cuándo corre el riesgo de salirse de pista”, concluyó.